Un coreógrafo de pocas palabras

El coreógrafo Merce Cunningham era un hombre de pocas palabras. Según sus biógrafos, poseía una inclinación tan natural por bailar como era su rechazo consustancial por hablar. Durante su infancia, bailaba sin la menor vergüenza en los pasillos de la iglesia de su ciudad natal. Durante su adolescencia, bailaba alegremente en los vodeviles de su profesora de claqué. Pero ni de niño ni de adulto tendió a hablar más de lo que habla un tímido gato. Cuando llegó a ser un maduro coreógrafo, su silencio le hacía parecer más misterioso que tímido. Sin embargo, sus palabras –las pocas grabadas, las pocas publicadas– son llanamente claras.

La verdad es que Cunningham era un coreógrafo introvertido. En contadas ocasiones habló a sus espectadores, pero cuando tuvo que hacerlo empleó las menos palabras posibles. Por ejemplo, preguntado por una coreografía en particular, respondía sucintamente, ofrecía una somera exposición de las características formales y una concisa referencia a los contenidos abordados: “danza de dieciocho minutos en cuatro partes sobre las estaciones”, podría haber sido una de sus locuaces descripciones. Si se le interrogaba sobre el significado de un gesto, argumentaba brevemente: “esto es lo que es”, una de sus réplicas más populares. O, consultado sobre su concepto de la danza, respondía con concisión –y en sus propias palabras– «la danza es movimiento en el tiempo y el espacio. Sus posibilidades están solo atadas por nuestra imaginación y nuestras dos piernas”. Punto en boca.

Igualmente, hablaba poco con sus colaboradores y si tenía que hacerlo, daba las menores explicaciones posibles. De hecho, raramente lo hacía con sus bailarines: solía no decirles nada sobre los temas o los sentimientos representados en su coreografía. Así, los ensayos transcurrían en silencio, centrados exclusivamente en ejecutar el movimiento en su debido tiempo. Apenas hablaba tampoco con sus compositores musicales: tan solo les informaba de la duración y de la estructura de su coreografía, sin ver la necesidad de proporcionarles más detalles. Creadas por separado, música y danza se encontraban por primera vez en el estreno de la obra. Con sus escenógrafos hablaba también escasamente. Solía dejarles libertad para diseñar lo que desearan –desde objetos flotantes hasta vestuario de camuflaje–, revelándoles meramente el título de la danza. Aunque la razón de dar pocas explicaciones a sus colaboradores era evitar cualquier relación intencional entre danza, emoción, música y escenografía, tal decisión estética permitió a Cunningham ahorrar muchas palabras, muchas explicaciones.

Su tendencia a hablar poco y de manera concisa refleja hasta qué punto era introvertido; un fuerte contraste con la locuacidad de su colaborador artístico y pareja sentimental de toda la vida, el compositor John Cage. Él era ciertamente un hombre de muchas palabras, demasiadas de hecho, según varios oyentes de su Conferencia sobre nada.

La introversión no es contagiosa, desafortunadamente.

María Carrillo Fernández

Robledo de Chavela, 1 de julio de 2022

A Choreographer of Few Words

The choreographer Merce Cunningham was a man of few words. According to his biographers, he was as naturally inclined to dance as temperamentally disinclined to talk. During infancy, he would dance unashamedly in the aisles of his hometown church. During puberty, he would perform cheerfully in the vaudevilles of his tap-dance teacher. But neither in childhood nor in adulthood did he tend to speak more than a shy cat. Having become a mature choreographer, his silence made him seem mysterious rather than timid. Yet his words–the few recorded, the few published–are plainly clear.

The truth is Cunningham tended to be an introvert choreographer. Seldom did he speak to his spectators. But when he had to, he employed the fewest possible words. For instance, asked about a particular choreography, he answered succinctly. He offered a summary account of the formal characteristics and a pithy reference to the conveyed contents. An eighteen-minute dance in four parts about the seasons could have been one of his loquacious descriptions. When asked about the meaning of a gesture, he argued briefly: “it is what it is”, one of his most popular replies. Also, questioned about his idea of dance, he responded concisely. In his own words: “dancing is movement in time and space. Its possibilities are bound only by our imagination and our two legs.” No further comments.

Likewise, little did he talk with his collaborators, but when he had to, he gave the fewest possible explanations. For example, rarely did he talk with his dancers. He used to tell them nothing about the subjects or the feelings represented in his choreography. Thus, rehearsals would pass in silence, simply focused on performing movement in its proper timing. Besides, scarcely did he talk with his composers. He used to inform them of the length and the structure of his choreography, providing no more details. Created separately, music and dance would encounter each other for the first time in the premiere. Also, barely did he talk with his scenographers. He used to let them be free to design whatever they wished (from flying objects to camouflage costumes), merely revealing to them the title of the dance. Though the reason of explaining little to his collaborators was to prevent any intended relation among dance, emotion, music and scenography, such aesthetic decision allowed Cunningham to save many words, many explanations.

Cunningham’s tendency to speak little and concisely reflects what an introvert choreographer he was. This contrasts with the talkative personality of his lifelong partner and artistic collaborator, the composer John Cage. He was certainly a man of many words, too many indeed, accordingly to some listeners of his “Lecture on Nothing”. Thus, introversion is not contagious, unfortunately.

María Carrillo Fernández, New York, 02/21/2018


Este texto se redactó originalmente en inglés, como ejercicio de escritura en la clase de la profesora Priscilla Karant en el English Language Institute de la NYU (SPS), para practicar tres enseñanzas de oro: el “thought pattern” adecuado para estructurar el discurso al modo anglosajón, el “parallelism and balance” para construir las frases y párrafos equilibradamente y el “be specific” para concretar las ideas y enriquecer el texto. La versión inglesa original aparece a continuación de la castellana

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