Los bailarines de Keith Haring

Todos los días paso por delante de un gran trozo de tela romboidal colgado en la pared, cuya cartela reza “Untitled (Sin título)”. De cerca se pueden ver los trazos negros y rojos que llenan el espacio, pero como suele pasar con muchas obras pictóricas, al alejarse nuestro ojo comienza a seguir las líneas negras y reconoce esas figuras humanas en diferentes posturas, a veces imposibles, que poblaron la obra de Keith Haring (Pensilvania, 1958-Nueva York, 1990). El grafitero, artista urbano, activista e icono de la cultura pop de los años ochenta, uno de esos que tantas marcas de ropa han encontrado como filón para decorar bolsos, camisetas e incluso ropa interior -un minuto de silencio por Frida- firma esta gran pieza que forma parte de la colección de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson y que puede verse en una sala de acceso restringido junto a otros artistas urbanos como Estudio Pedrita o Banksy.

Keith Haring, Untitled, 1984. Colección Fundación María Cristina Masaveu Peterson

Las caras de sorpresa entre el público cuando explico quién es el autor de esta pieza no son pocas. Sin duda, no es uno de los ejemplos de Haring más presentes en el imaginario popular, de colores intensos y aspecto de dibujo animado -una de sus grandes inspiraciones-, pero sin embargo, muestra perfectamente otra de las influencias más importantes para el artista como fue la cultura maya, cuyas figuras contorneadas en negro tomó como inspiración y adaptó a su propio lenguaje. Casi inmediatamente después, las cejas se elevan aún más cuando indico que la tela que tienen delante no es una obra independiente, sino parte de una tienda de campaña que Haring diseñó como escenografía para un ballet.
La obra en cuestión fue Secret Pastures, estrenada en noviembre de 1984 durante el Next Wave Festival en la Brooklyn Academy of Music, a cargo de la Bill T. Jones/Arnie Zane Company. La pieza, de unos noventa minutos de duración, continuaba con el legado de los Ballets Russes de Sergei Diaghilev al adoptar el esquema de gesamtkunstwerk u “obra de arte total”, incorporando a algunos de los creadores más rompedores de los años ochenta: la coreografía de Jones y Zane, música de Peter Gordon, vestuario de Willi Smith, peluquería y maquillaje de Marcel Fieve, y escenografía de Haring, quien además diseñó el cartel y las postales publicitarias. El ballet se presentaba como una reinterpretación frankensteiniana ambientada en una isla tropical, donde Zane interpretaba al Profesor y Jones al Hombre Fabricado, siguiendo los ritmos de jazz, rock, pop y música folk que mezclaba la partitura de Gordon. Además de un panel que mostraba un árbol con figuras humanas componiendo la copa, el cual reprodujo en el cartel de la obra, Haring diseñó una gran tienda de campaña -a cuya parte superior pertenece el panel de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson-, con grafismos rojos y negros sobre un fondo ocre, la cual aparecía como punto diversificador de la narrativa. Se movía por toda la escena, y de ella se extraían en diversos momentos varios paneles laterales que mostraban el paisaje de la isla y motivos vegetales que cubrían el fondo del escenario. La coreografía combinaba elementos del ballet clásico, la gimnasia y la música disco, y según un crítico de Los Angeles Times, el carácter audiovisual impregnaba toda la puesta en escena: poses angulares y muy gráficas con movimientos de lado a lado que, en ciertos momentos, parecían reproducir los trazos de Haring.

Secret Pastures, 1984. Brooklyn Academy of Music Archives.
Cartel de Secret Pastures, 1984. Nakamura Keith Haring Collection

Secret Pastures fue la tercera colaboración entre Keith Haring y Bill T. Jones después de Long Distance (1982) donde Jones bailaba al ritmo de las pinceladas de Haring mientras éste pintaba el telón de fondo en directo, y un proyecto de 1983 en el que Haring usaba la piel de Jones como lienzo. El trabajo con otras disciplinas fue una constante en la carrera artística de Haring, pero, sin duda, la danza está presente en todas y cada una de sus composiciones. Sus figuras se retuercen, se estiran, vibran, saltan, se agachan… en un movimiento constante que parece luchar contra la naturaleza, contra el ritmo marcado de la sociedad y el paso del tiempo. La muerte, el sexo o la enfermedad fueron temas intrínsecos en la creación de Haring, en parte debido a su lucha personal contra el SIDA que que plasmó en muchas de sus obras, como aquel famoso mural que decora una de las fachadas del Museo De Arte Contemporáneo de Barcelona en el que el artista nos recordaba en 1989 que todos juntos podíamos parar la enfermedad. En una entrevista sobre Secret Pastures, Bill T. Jones recordaba cómo la sombra de la muerte estuvo inevitablemente presente en la propia creación escénica, al igual que en la cotidianeidad de la vida, especialmente después de que el SIDA sesgara las trayectorias de tres de sus creadores: Willi Smith en 1987, Arnie Zane en 1988 y Keith Haring en 1990, respectivamente.

En mi humilde opinión, las figuras danzantes de Keith Haring hablan de ese impulso del ser humano hacia adelante, de la lucha constante, del movimiento del cuerpo hacia la vida. Cada día, los trazos de Haring en esa gran tela romboidal me recuerdan que, a pesar de todo, seguimos en escena. Una bocanada de aire, y a bailar.

Blanca Gómez Cifuentes

[La entrevista de Bill T. Jones puede leerse al completo aquí: https://willismitharchive.cargo.site/Bill-T-Jones-on-Secret-Pastures.
Secret Pastures puede verse aquí: https://vimeo.com/431857018%5D

Miniatura de la entrada: Keith Haring y Bill T. Jones, 1983. Fotografía de Tseng Kwong Chi

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