¡Baila, Raffaella!

El 5 de julio de 2021 nos despertó un tortazo: Raffaella Carrà fallecía a los 78 años víctima de un cáncer. Ese día gris de verano duró poco, porque es evidente que sigue viva en nuestros corazones (y en muchas discotecas)

Originalmente llamada Raffaella María Roberta Pelloni pronto fue rebautizada por el director Dante Guardamagna como “Carrà” en homenaje al famoso pintor futurista. Nació así el icónico personaje que arrasó en escenarios y platós de televisión durante décadas con su rubio platino y golpe de cuello que amenazaba con acabar en latigazo cervical.

Aunque la recordamos como cantante, la Carrà no solo cantaba. Mucho antes de la era de tik tok y de la reproductibilidad de las imágenes, la italiana ya experimentaba con coreografías expresamente creadas para ser grabadas. Lo suyo era actuar en el sentido amplio del término, y así lo reconoció en numerosas entrevistas: “Nunca me he sentido una cantante pura, siempre he sido una actriz que defendía que cantaba. Sé perfectamente que no soy Dionne Warwick ni Barbara Streisand. El baile y la palabra son lo mío; el canto es solo un aderezo”.

Esta actriz que cantaba escondida tras una melena rubio platino consiguió escapar de la censura y transgredir las opresivas normas que asfixiaban a las mujeres. Y lo hizo no solo con sus letras, sino también con sus movimientos. La danza es un elemento indispensable para entender la carrera artística de Raffaella Carrà, un arte con el que estuvo relacionada desde su niñez. Cuando tenía ocho años dejó su pueblo natal para continuar sus estudios en la Academia Nacional de Danza de Roma, fundada por la bailarina rusa Jia Ruskaja. Como ella misma ha confesado en entrevistas: De niña mi gran sueño era convertirme en coreógrafa de ballet clásico. Quería dirigir a otros desde detrás de escena y, en cambio, me encontré frente a las cámaras, y con sorpresa llegó el éxito, los viajes, los conciertos, las multitudes, las flores, los premios».

Mientras España todavía no se había quitado el polvo del franquismo, Raffaella se convirtió en una artista polémica y querida a partes iguales en su país natal. En 1971, el bailarín y coreógrafo Enzo Paolo Turchi creó para ella la coreografía “Tuca Tuca”, un baile ingenuo si se compara con la hipersexualización de los videoclips actuales, pero que en su día le valió las críticas del Vaticano. Este tema, en cuya letra defiende la expresión pública del amor, puso de moda un inocente baile que hizo moverse al país durante años al son de un toqueteo de rodillas, caderas y hombros.

Un año después rodaba junto a Adriano Celentano el videoclip “Prisencolinensinainciusol”, un tema cantado en inglés inventado. Convencidos de que a los italianos les gustaría cualquier canción mientras sonase a inglés americano, y de que lo importante era el ritmo y no el contenido, se inventaron una letra tan pegadiza como la coreografía, en la que prima ese movimiento de caderas y cuello tan característico de la Carrà. No solo fue un éxito en su día, todavía hoy los italianos conocen este temazo setentero:

Pero sus éxitos traspasaron las fronteras italianas y llegaron hasta España. Aunque aquí asociemos la experimentación escénica y musical a los liberales 80, lo cierto es que los 70 ya apuntaban a una dictadura cansada que dejaba paso a una juventud sedienta de experimentar. Cuando TVE todavía contaba con un censor oficial (el famoso Francisco Ortiz Muñoz, que dejó perlas como ésta: “están prohibidos los bailes en los que se despegan los pies del suelo porque de esa forma el baile pierde su calidad gimnástica para ganar en erótica1) Raffaella Carrà aterrizó como un ciclón de aire fresco.

Quizás su aspecto inofensivo y su melena rubia la hacían parecer incapaz de transgredir ninguna norma, pero desde luego que lo hizo. Desde los años 70 hasta la década de los 2000, Raffaella Carrà estuvo presente en numerosos programas de la televisión española y llegó a tener uno propio (el famoso “¡Hola, Raffaella!). Sus interpretaciones muestras una visión completa del espectáculo que incluye vestuario y que ha servido de inspiración a otras reinas pop como Madonna o Lady Gaga.

Lo que tienen en común todas sus puestas en escena es que a través de un estilo liviano consiguieron burlar cualquier tipo de censura. Y aunque a menudo se menciona lo transgresor de sus letras (como la explícita “Caliente, caliente”), lo cierto es que esas innovaciones también se dieron a nivel coreográfico. Habitualmente protagonizadas por un coro masculino que se movía al ritmo de un popurrí de elementos venidos del music-hall, lo burlesque o el mundo de las vedette, su cuerpo de baile estaba formado por hombres más bien peludos que trastocaban estereotipos de género fuertemente arraigados. Fue así, con sus bigotes y su amor por la licra colorinchi, como hipnotizaron al espectador medio, que pudo ver sus sinuosas coreografías en prime time durante años.

Esta particular forma de moverse se creó para ser grabada. Más allá del plató de TV, los 70 fueron un entorno clave para la experimentación de los juegos audiovisuales. En ese contexto se grabó el videoclip “Venir al sur”, una pieza musical rodada en las playas de Menorca en 1978 en la que un cuerpo de baile mixto se mueve a las órdenes del coreógrafo Don Lurio, discípulo de Bob Fose. Los movimientos coreográficos se adaptan a la cámara en planos recortados y gamberros.

Don Lurio ya había trabajado con Rafaella. Él fue el coreógrafo oficial del programa “Señoras y señores” que TVE emitía los sábados por la noche en 1974. En ese programa nocturno, el coreógrafo trabajó codo con codo con el realizador de cine Valerio Lazarov, uno de los directores del programa y responsable de la creación del famoso “Ballet zoom”, que llegó a formar parte de otros exitosos programas de la televisión pública. Un año más tarde, la Compañía realizó un especial de fin de año dedicado íntegramente al coreógrafo de la Carrà en el que el ballet era el protagonista.

Las innovaciones cinematográficas y la apuesta por la experimentación hicieron posible que la televisión pública produjese videoclips dignos de una experiencia psicodélica. En este entorno se divertía Valerio Lazarov, quien se propuso según sus propias palabras “volver loco al ojo”. Para ello no dudó en hacer todas las travesuras ópticas que estaban a su alcance. En la época del zoom y la duplicidad de imágenes, los videoclips de este realizador estaban plagados de trampantojos visuales a caballo entre el pop art y el surrealismo que dejaron a toda una generación al borde de la alucinación visual colectiva.

La Carrà formó parte de un conjunto de modernizadores de la televisión que se quitaron el polvo de la dictadura para abrir paso a un mundo en el que cabían las lentejuelas y las mujeres que enseñaban el ombligo. Raffaella Carrà parecía libre en un mundo en el que casi ninguna mujer podía serlo.

Sus canciones, con letras disfrutonas y transgresoras, siempre se podían bailar. “El secreto de mis espectáculo es el ritmo”, solía reconocer, y su ritmo era un signo de libertad que contribuyó a demostrar la falsedad del dicho “la letra con sangre entra”. Qué va. La letra con ritmo entra.

Ibis Albizu

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